Feliz cumpleaños

Julio 14, 2008

- ¿En Nueva York también es mi cumpleaños?

- Sí.

- ¡Qué bien!

No puedo

Mayo 5, 2008

Paula sabe, porque le enseñaron desde chica, que no se debe decir jamás “no puedo”, porque no, porque si dices no puedo, entonces no podrás, porque uno debe y puede poder, porque uno siempre puede ganar, siempre Paulita, siempre, ahora límpiate la sangre y desata el hilo y comienza de nuevo. Eso Paula lo sabía. Uno debe siempre poder, y seguir cosiendo, tengo que aprender y seguir cosiendo, tengo que aprender antes de mañana, antes de la tarde, antes de la hora del recreo. Antes de que vengan a recogerme.

Pero ahora, ahora que es un mediodía tan gris y frío, ahora que se encuentra sentada en el pasto en medio del parque ese grande que tanto le gustaba en este mediodía tan casi medianoche, pues, Paula solo puede pensar que no puede. No que nunca pudo, o que nunca podrá. Solo que no puede. No puedo. No puedo. No puedo.

-¿Qué haces?

- Nada.

-¿Qué te pasa?

- No, nada. Estoy bien.

Carolina la miró sentada en el pasto, secándose las lágrimas. Sintió asco. Tuvo ganas patear a Paula, de hecho, imaginó que lo hizo, imaginó que la pateaba, que la jalaba del cabello y le escupía a la cara. Estúpida. Gente estúpida.

- Vamos a la casa.

Y Paula secándose las lágrimas, levántandose, pensando en no puedo no puedo no puedo no puedo más, pensando que debía regresar ya, pensando que Carolina, su hermana, era todo lo que tenía y que incluso si pudiera escaparse, no lo haría, por que no puedo no puedo no puedo es que no puedo, por favor.

Pastilla

Abril 24, 2008

Como una pastilla amarga, pongo todos tus consejos en el fondo de mi lengua para no sentir tanto su sabor. Tu sabor. Tomo un gran sorbo del agua más a la mano que puedo conseguir, y me lo trago todo, Antonio, todo. Tus deseos, tus opiniones, tus humores, tus afectos, todo deslizándose levemente a través del largo de mi garganta espuria.

Quiero creer que esta pastilla es para mí, que logrará hacerme mejorar, pero la verdad es que es tuya, solo tuya. ¿Sientes el sabor? Esta pastilla que me trago es para ti, Antonio. Eres tú.

Leonisa

Abril 24, 2008

Sus pestañas negras parecían casi chocar con sus cejas bien arqueadas. A cada paso que daba hacia afuera, sus párpados antes cansados se abrían como si sus ojos tomaran una gran bocanada de colores. Rojo, amarillo, verde, azul, pero sobre todo plomo. Plomo oscuro abajo. Plomo claro arriba. Y la cara de Marita tan iluminada al sentir por fin el calor del sol, el aire libre, la ternura en las expresiones de sus padres y su hermana, todos sonrientes, y sus dientes, dientes relucientes y mientes y salientes y durmientes y a Marita se le acabaron las palabras que riman con dientes relucientes. Mamá, ayúdame.

Salieron del hospital de neoplásicas, el que está por Primavera con Angamos, cerca de la calle donde venden hamburguesas muy buenas. La madre de Marita cubriéndole los ojos del sol al que no estaba acostumbrada, y llegando ya hacia el estacionamiento para subir al carro y por fin regresar a casa, donde de seguro la tía Ingrid los esperaba con su famosa torta de selva negra que tanto gustaba a todos.

La quimioterapia había sido exitosa, pero Marita solo podía ver sus brazos tan flacos, arcos, sacos, ascos. Solo podía levantar la mirada hacia el cielo, hacia el sol, todo irá bien, y ver un cartel de Leonisa, esa marca de ropa interior para mujeres, con una chica de figura contorneada reclinada sobre un mueble, con el cabello largo y la mirada vacía, y Marita que llamaba a su mamá, mami ráscame, me pica el pañuelo, y recordando su cabeza tan calva, alta, flaca, saca, y su madre que levantaba la mirada para ver lo que Marita se había quedando viendo, y Marita que cerraba los ojos e intentaba concentrarse en la fuerza del abrazo de su madre, padre, ave, saque. Y su madre con un nudo en la garganta pensando por qué eso está ahí, por qué mi Marita tenía que ver eso justo ahora, por qué, tomé, toqué, solté.

Silencio

Noviembre 24, 2007

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Las heridas que causé, ahora las recuerdo todas. Cabalgando una avalancha que cae sobre mí, vienen todos esos momentos, los pocos momentos en que he podido ver claramente el segundo exacto en que alguna de mis palabras o hechos han herido a una persona que no soy yo, y que nunca podré ser.

Hoy, por ejemplo, herí a mi padre. Lo decepcioné diciendo lo que pensaba. Le hice daño con mis propias palabras.  Me doy cuenta de eso. Una leve inflexión de la voz, un ángulo ligeramente diferente en los párpados que me indica que la imagen de mí se va degradando a cada letra que pronuncio ante las personas que me importan, o peor aún, a las personas a las que les importo tanto. Eso siempre me tuvo sin cuidado, que piensen mal de mí me refiero, pero siempre me atormentó el hecho de poder herir a alguien, de dañar su propia imagen ante sus ojos, de perjudicarlos de alguna manera. Creo que eso explica mi silencio. He aprendido que es mejor no decir nada, quedarse callado y ver cómo siguen los demás, mantenerse al margen, mientras cuentas las peleas y ves los bonitos zapatos que llevan todos.

Es tan gracioso, entonces, darme cuenta ahora, justo ahora que había llegado a esa conclusión silenciosa, de que hay veces en las que quedarse callado puede herir a otra persona. Que siempre esperan algo de uno. Y no solo eso, sino que me aterra el hecho de que el dañar mi imagen ante ti te hiera y te duela tanto. No existe la libertad.  Es la familia, las madres, los padres, es todo unido que me presiona y me exije disimular hasta los huesos que efectivamente soy la persona que merecen ver reflejada en sus ojos, en tus ojos. Me duele tanto saber que ahora hasta mis silencios pueden dañarte, que pueda traspapelar el guión con las palabras que quieres escuchar y que en el fondo quiero decirte. Me apena darme cuenta de que si callaba era para que no me descubrieran. Y me da mucho miedo saber que contigo nunca me perteneceré.

Efraín terminó de hablar, y Carmen no supo qué responder. No entendía muy bien a lo que se refería, así que solo se remitió a decirle que debían salir a pasear esa misma tarde por algún lugar soleado y sin nubes, algún lugar bonito.

Residencial Woolgathering

Noviembre 7, 2007

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Todos esos edificios. Todos esos edificios que ven ahí. Todos ellos son mis hijos. No los he diseñado ni los he construido, pero los he visto crecer, a todos y cada uno de ellos. Desde los cimientos profundos hasta las últimas ventanas sin cortinas. Desde las columnas de hierro y cemento hasta la pintura siempre de colores sosegados. Sé el nombre de cada uno de ellos y los atrasos y anécdotas de su construcción.

Cada mañana, todos los días, en el trayecto de mi casa hacia el trabajo, los he visto nacer y erigirse por entre las mediocres casas de dos pisos. Levanto la mirada cada vez más cada semana, sacando casi toda mi cabeza fuera de la ventana del auto, solo para verlos crecer piso a piso hasta hacerle cosquillas al cielo. Dándole cada vez más vértigo a los obreros de construcción, en medio de cables, equilibrándose entre vigas con esos cascos amarillos que siempre quise poder usar. Lo sé todo de mis hijos, menos quiénes viven en ellos.

Pero hay un edificio que pasé de largo. Es ese edificio alto que se ve a la derecha, cerca del parque de coníferas. Recorro el mismo trayecto en auto todos los mismos cinco días de la semana, pero hay uno que no había visto crecer, uno que perdí de vista. Justo ese. Lo noté ayer en la noche cuando regresaba de la oficina cansado y con sueño. En medio de un bostezo, levanté la mirada y me di con catorce pisos refulgentes. Pintura color blanco perla. Balcones con plantas verdes y flores rosadas. Líneas armoniosas. Detalles en madera. Era un edificio precioso. No como la arquitectura “moderna” de hoy en día, llena de espejos fríos e impersonales. No. Este era un edificio especial y, sin embargo, había pasado inadvertido ante mis ojos todo este tiempo.

Sobra decir que me sentí muy mal. Casi como un mal padre que no le presta la suficiente atención a sus hijos por volver siempre cansado del trabajo. Voltée el timón y me dirigí hacia la puerta de entrada. Aproveché que un señor salía para escabullirme hacia el lobby, donde un portero con rostro amigable me esperaba. 

- ¿Cómo se llama este edificio?, pregunté.
- ¿A quién busca? 
- Al edificio.
- Se llama Residencial Woolgathering- trató de pronunciar-. Los dueños eran ingleses, o escoceses quizás. No sé, pero siempre veía a un señor pelirrojo con una cerveza en la mano, así que deben ser irlandeses. Sí, eso debe ser.
- ¿Me permite subir?, le dije.

El portero me miró como si yo fuera un niño de tres años. Me respondió que no, que no habían departamentos en venta, que me fuera de una vez antes de que… Salí de allí y subí al auto. Me quedé sentado por un momento mirando al edificio en un contrapicado que terminaba en el cielo azul de una noche de un viernes cualquiera, que sin embargo sentía tan especial. No sé por qué pero se me salieron unas cuantas lágrimas que no supe o no quise contener. Me limpié con el dorso de la mano, pensando pero qué maricón que eres, y encendí el auto. Pocos carros recorrían las pistas, lo cual me hacía sentir más relajado, casi adormilado, como ahora.

Manejé toda la noche dando vueltas por el malecón, pensando en nada y en todo, que es casi lo mismo. Una inmensidad que se extiende como el océano. Pensando en mis edificios, el informe que tenía que presentar el lunes, la sonrisa de ella, sus ojos, mi tiempo muerto y que debería dejar de fumar de una buena vez. Todo ello flotando sobre el mar, yendo y viniendo en un aire salado como un collage hecho de neblina. Con un título que podía ser un pensamiento de Benjamin Disraeli con el que me había cruzado aquella tarde:  “A consistent soul believes in destiny, a capricious one in chance.” Pensaba en nada. Disraeli no menciona si existe o no el destino o la casualidad. Solo el alma.

Por ti creo todo y para siempre, pensaba Efraín, pero esto nunca lo dice ni lo ha dicho a nadie. 

Por primera vez en todos mis viajes no puse mi música, lo cual me desesperaba en el fondo, como si sintiera gotas cayendo hacia un pozo. Una por una. A cada segundo. Sin parar. Me sentí asqueado de mí mismo, quizás por el mismo silencio. ¿Entiendes lo que te digo? Quería gritar. Frené en seco y volví donde el portero, entrando esta vez sin reparo alguno a aquel edificio perdido. ¿Cómo se llama usted?, pregunté. Me dijo que Pablo, y me presentó a su esposa. Una mujer pequeña que se deslizó casi imperceptiblemente de la puerta detrás de él. Y ella es Julia, mi mujer, me dijo. Juntos cuidamos el edificio. Es como nuestro hijo.

Efraín sonrió, pero nadie lo notó, ni él mismo ni Disraeli ni la Residencial Woolgathering.

El resumen de mi vida

Octubre 23, 2007

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Su sobrina, en la humilde opinión de Fernando, estaba loca. Completa e irremediablemente loca. Qué clase de persona sino, (tómese en cuenta el género: mujer) puede ser capaz de pedirle a él, con sus setenta años a cuestas y en caída libre, que haga un resumen de su vida. Pero si esta me quiere matar, pensaba, me quiere hacer arrepentirme de todo y tirarme de un puente, bah, no le dejaré nada en el testamento. Y eso no era poco. Es decir, el testamento de Fernando eran los cuantiosos ahorros de su vida, las propiedades y el dinero que había juntado para poderlos disfrutar quién sabe cuándo. Ahora, pensó. Ahora que me muero rodeado de insulsas serpientes que nunca lograron lo que yo, mis genes, mi sangre que me escupirá apenas cierre mis párpados definitiva e irreversiblemente. Sabandijas tras la olla de oro al final del arcoiris. Sabandija, pensó, qué curiosa palabra, casi una eufonía del infierno, estoy viendo muchas películas pensó, pronto diré calcetines y malteada. 

Lo cierto era que sus parientes eran pocos y se mostraban especialmente atentos para con Fernando. Sobretodo ahora que le habían diagnosticado un cáncer terminal que acababa de hacer metástasis, palabra que lo divertía mucho. Pero qué clase de palabra es esa dios mío, reía, es una explosión, una explosión de mierda, eso es lo que es. The shit has hit the fan y ahora yo me muero, y esta sobrina hija de no sé quién que me pide que haga un resumen de mi vida, para mí que quiere algo, no sé qué, pero bueno. No le daré nada, habráse visto. Loca, eso es lo que es, seguro estudió psicología, pero qué embuste.

El lapicero de tinta fuente iba y venía meciéndose en la superficie del cuaderno con forro color negro que su sobrina, Amalia, le había regalado. Para que escribas tus memorias, le dijo. Memorias mis huevos. Un resumen entonces, haz un resumen de tu vida, tío. ¿Estás segura de que no eres psicóloga? No, tío, soy una escritora frustrada. No irás a ponerle tu nombre a mis memorias, ¿no? Jamás, tío. Dime Fernando, linda. Sabes, si fuera joven y si no estuvieras loca, te sacaría a bailar un bolero. Amalia bajó la mirada y se rió, porque Amalia no sabe hacer nada más que eso. Te diré algo, Amalia querida, yo escribo el resumen de mi vida, si tú escribes el resumen de tu vida. ¿Qué te parece? It’s only fair. Pero, tí… Fernando, tú has peleado en la Segunda Guerra Mundial, migraste de no sé dónde, te casaste con… Ah, eso era. Ella. Mi maldición. La pequeño demonio volador. En fin, Amalita, esa es mi condición, la tomas o la dejas, no me importa que solo tengas veinticinco años, no espero menos de 50 páginas para el último día del próximo mes. De ahí vemos nuestros avances en adelante. Amalia lo miró a los ojos y no se rió. 

No he hecho nada en mi vida, pensó, nada interesante al menos, es todo una sucesión de días y metas que no sabía que tenía, que no sé cómo cumplo, todo envuelto en ilusiones tibias que pasaría de largo si llegaran a suceder, por cojudismo, por puro cojudismo. Tú eres un piloto tío, pensó, tú traspasas las nubes, tú vuelas, yo ni camino. Fernando la miró con una mirada que solo él tiene y que es indescriptible, así que digamos que la miró con una mirada de Fernando Forsyth Vásquez. Tú dirás, linda. Si algo te sobra es tiempo, si algo me falta es lo mismo. Bueno, no tiene por qué ser todo verdad, se dijo Amalia, ya sé, escribiré para él lo que ella le hubiera dicho, lo que él se negó a escuchar todos estos años. Sonrió, le alcanzó el cuaderno y el lapicero y le dijo, está bien, Fernando, trato hecho. Pero no tengo buena ortografía, aclaró.

Black out

Octubre 1, 2007

No puedo dormir sin una Black out. Soy mitad vampiro, y Mimo, mi gato, es mitad murciélago. Juntos somos los amos de la noche. Succionamos glóbulos blancos y rojos, a Mimo le gustan las plaquetas. Al llegar a la casa algunos días vemos películas antiguas tirados en la cama. A Mimo le gustan las películas francesas. Una vez me dijo que iría a vivir a Francia solo para comprarse un carro y decirle “la voiture”, yo le dije que se comprara uno acá nomás y que le dijera igual, pero Mimo me miró a los ojos y me dijo “para qué quiero yo un automóvil si soy un gato”. Yo lo miré y sonreí, mientras le acariciaba su cabecita y él la echaba hacia atrás ronroneando.

Otros días leemos algún libro antes de dormir, bueno, yo, porque Mimo se remite a hacerse pantuflita a mi lado y mirarme. Un día me dijo “para qué lees eso, mejor escribe algo sobre mí”, así que escribo ahora algo sobre él, mientras me mira haciéndose bollito (explicar la diferencia entre sus posiciones me llevaría más párrafos, solo tengo que decir que a veces lo imagino como un zar ruso con abrigo de piel que dice “da” cada vez que mueve la cabeza).

Pero lo que más me gusta es que a veces, mientras me quedo dormida mirando el techo, pensando en tantas cosas y haciendo zapping con mi mp3, Mimo me cuenta sus aventuras antes de llegar a mi casa, como cuando tuvo que pelear contra palomas de la Iglesia de San Francisco mismo Matrix, o como cuando abandonó su vida criminal y The Deadly Cat Assasination Squad para instalarse y casarse con una gata que terminó huyendo con un gato que realmente era un zorrillo. Todo eso me recordó a Pepe Lepieu, pero tenía sueño así que me dormí en la mitad de una canción de Beirut que decía where the sunsets are all breathtaking.

Tesis

Septiembre 14, 2007

Tocó la puerta de la oficina, entró, se sentó y esperó los comentarios de la profesora sobre el avance de su tesis. La profesora bajó la cabeza deslizando sus enormes lentes para mirar fijamente a Alicia Alfaro, quien a su vez miraba fijamente los lentes de la profesora, los cuales pendían ahora casi en equilibro sobre la punta de su afilada nariz, como si la profesora quisiera cerciorarse y eliminar cualquier vidrio, por más impecable que fuese, entre ella y lo que veía, para ver con sus propios ojos acuosos si aquella chica en frente suyo era real, si alguien era efectivamente capaz de escribir aquellas frases inverosímiles en un trabajo que pretendía convertirse en una tesis.

Sentada de lado, Alicia Alfaro, con una actitud más bien despreocupada, la oía y asentía con la cabeza como para darle gusto. La profesora por fin dijo: “Tú no escribes Sociología, tú escribes Literatura.” Alicia no pudo esconder la sonrisa que se dibujó en su rostro, espontánea, incubrible, feliz. Una sonrisa que quería convertirse en risa, pero que Alicia trataba tanto de contener. Una sonrisa brillante, que la profesora tradujo como un fiel indicador que confirmaba su hipótesis inicial: “Esta chica efectivamente ya quemó.”

Septiembre 7, 2007

“El truco está en no creérsela”, dijo confiada una sonriente Sofía, que se bajó de mi nuevo automóvil verde oscuro con una naturalidad refrescante, como si fuera una brisa marina en el día más caluroso de mayo. Yo me quedé viéndola, casi babeando por ella y su cabello largo y sus ojos y los datos triviales que se sabe de memoria y me dije “Está bien, Sofía, creeré que no te amo.”