Carretera

Octubre 21, 2007

Partimos rumbo al Oeste, no podíamos sino seguir el camino hacia el mar. Toda la familia había recorrido ya muchos kilómetros y se encontraban cansados, cubiertos del polvo fino en el aire que solo sabes que existe si sacas la cabeza afuera del automóvil durante todo un viaje de carretera en verano. Como hacía yo, sacando la lengua a metros y más metros de desierto que me veían impávidos durante todo el trayecto. Un trayecto que nadie sabía en realidad por qué seguíamos. ¿Para qué hacer todo este viaje si ya está muerto? El mar siempre había quedado lejos para todos, sobretodo para el abuelo. Tan lejos que nunca lo llegó a ver en verdad. Solo una vez, muy brevemente. Recién casados, los abuelos recorrían la costa en automóvil, en un trayecto que tenía como fin encontrar la casa que yo llegaría a conocer tan bien. Se desviaron para ver el mar. La abuela me dijo que apenas lo vio, el abuelo dijo: “Es agua inmensa” y sonrió una sonrisa inmensa. Ella corrió a su lado, pero le vino uno de sus ataques de epilepsia. Ambos eran jóvenes, pero ella estaba enferma. El abuelo tuvo que llevarla al hospital, al pueblo más cercano. Ahí acaba la historia, ella se mejoró, pero el abuelo nunca más volvió a ver el mar. Ahora que está muerto, la abuela se siente tan culpable, tanto que creo que puede morirse antes de llegar a la costa y arrojar las cenizas del abuelo a ese mar que lo hizo sonreír tanto.

Papá, obligado por la abuela, nos obliga ahora a nosotros a acompañarlo en este viaje hacia el mar. Nunca he visto el mar, por eso estoy algo emocionada de verlo, incluso quizás de sumergirme en él, pero ahora solo hay polvo, calor, el olor del carro viejo y la gasolina, ese que se impregna en la ropa. Al costado mi hermano, en el volante mi papá, y a su derecha la abuela.

***

Los ojos de la abuela. Ella nunca sonreía, pero sus ojos parecían hacerlo siempre que podían. De niña, siempre pensé que una persona como ella, con un nombre como ese, Gardenia, debía de sonreír siempre que podía, pero estaba tan equivocada. En ese viaje me enteraría cuán equivocada estaba.

Gardenia Fiso y el escenario

Septiembre 22, 2007

Se quedó de pie, viendo a su único hijo partir sin siquiera despedirse de ella, sin siquiera mirarla de nuevo como para tener una última imagen de su madre, aquella que dejaba ahora tan atrás y que no vería durante los próximos ocho años.

Piero olvidó su maleta. Ella se agachó y la abrió, mientras sus ojos iban y venían entre las camisas, las bufandas, los pantalones y los guantes que le había tejido un año atrás. Lo imaginó caminando por las calles, rumbo a la estación del tren, sin nada más que un poco de dinero y el pasaje que llevaba en su billetera. Imaginó el sonido del tren partiendo, la cara de Piero pegada al vidrio, ¿me recordaría?, se preguntaba, ¿tendría una foto mía en su billetera al menos? En el fondo, Gardenia sabía que no lo volvería a ver, que era demasiado orgulloso como para volver siquiera por su maleta, mucho menos para despedirse de ella, pensó. Piero nunca más me verá cantar, nunca más lo acurrucaré con mi voz antes de dormir.

Ella no veía nada malo en su actuar como madre estos diecisiete años, le había dado todo a su hijo, todo su tiempo, todo su amor, por eso no supo por qué rezaba en su mente, perdóname, Piero, perdóname, perdóname, mientras se alistaba y se peinaba, perdóname, Piero, mientras cantaba con la mirada posada sobre su vientre, perdóname, por favor, mientras todos aplaudían con lágrimas en los ojos.

Gardenia Fiso alisó su vestido verde oscuro de encaje, se puso un gancho de brillantes en el cabello y salió al escenario, en donde su audiencia la esperaba expectante, aclamándola. Gardenia cantó, y el periódico de la mañana siguiente publicó que aquella fue su mejor performance hasta la fecha, que nadie había visto en la ciudad a alguien cantar su corazón entero en el escenario, conmoviendo a todo el recinto con las tristísimas notas de música fado. Nadie hacía sentir cada línea de cada canción tanto como ella.

Sin duda, Gardenia era toda una estrella y éste, solo el comienzo.

Gardenia Fiso y su hijo Piero

Septiembre 19, 2007

- Estaré solo pues, a lo macho.

Gardenia Fiso lo miró de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba (tarea que no le tomó mucho tiempo). Quiso sonreír, pero sabía que su hijo era demasiado orgulloso, especialmente con su madre, como para no haber pensado y repensado las exactas palabras que le iba a decir en ese discurso. Un discurso casi solemne que contenía términos como “honor”, “madurez” e incluso “dignidad”. Gardenia se conmovió tanto que casi llora, mas no sintió ni un ápice de tristeza ante la aparente inminencia de la partida de su hijo. Por el contrario, se sintió orgullosa de él y sus cortos diecisiete años y ese discurso digno de Pericles y su defensa a la democracia ateniense.En un movimiento melancólico y casi automático, Gardenia bajó la cabeza y miró su vientre debajo de su vestido verde oscuro. Recordó cuánto lo acariciaba durante esos nueve meses en que Piero vivía dentro de ella, y ahora se iba, y a ella le parecía tan pronto. Y los pantalones de Piero tan sucios y sus cabellos castaños tan despeinados. Recordó que a veces acariciaba la cicatriz en su vientre cuando extrañaba a su hijo, quien desaparecía días enteros en su afán por lograr ser aceptado como asistente de dirección en alguna casa filmográfica. Acariciaba esa cicatriz como para cerciorarse de que sí, tenía un hijo que había salido de sus entrañas y se llamaba Piero. Gardenia ahora no se atrevía ni siquiera a tocarlo, ni a la cicatriz en su vientre ni a él.

- Si quieres eso y crees que puedes, entonces tienes mi apoyo.
- No quiero tu apoyo, solo quiero que me dejes ir.
- Nunca te he retenido porque creo que nunca has sido mío.

A Piero se le formó un nudo en la garganta tan enredado que se dio media vuelta en ese mismo instante y, sin despedirse, se dirigió a la estación del tren antes de que su madre se diera cuenta de sus ojos vidriosos. Se fue corriendo antes de que él mismo se diera cuenta de que rompía en llanto en medio de la calle.