Partimos rumbo al Oeste, no podíamos sino seguir el camino hacia el mar. Toda la familia había recorrido ya muchos kilómetros y se encontraban cansados, cubiertos del polvo fino en el aire que solo sabes que existe si sacas la cabeza afuera del automóvil durante todo un viaje de carretera en verano. Como hacía yo, sacando la lengua a metros y más metros de desierto que me veían impávidos durante todo el trayecto. Un trayecto que nadie sabía en realidad por qué seguíamos. ¿Para qué hacer todo este viaje si ya está muerto? El mar siempre había quedado lejos para todos, sobretodo para el abuelo. Tan lejos que nunca lo llegó a ver en verdad. Solo una vez, muy brevemente. Recién casados, los abuelos recorrían la costa en automóvil, en un trayecto que tenía como fin encontrar la casa que yo llegaría a conocer tan bien. Se desviaron para ver el mar. La abuela me dijo que apenas lo vio, el abuelo dijo: “Es agua inmensa” y sonrió una sonrisa inmensa. Ella corrió a su lado, pero le vino uno de sus ataques de epilepsia. Ambos eran jóvenes, pero ella estaba enferma. El abuelo tuvo que llevarla al hospital, al pueblo más cercano. Ahí acaba la historia, ella se mejoró, pero el abuelo nunca más volvió a ver el mar. Ahora que está muerto, la abuela se siente tan culpable, tanto que creo que puede morirse antes de llegar a la costa y arrojar las cenizas del abuelo a ese mar que lo hizo sonreír tanto.
Papá, obligado por la abuela, nos obliga ahora a nosotros a acompañarlo en este viaje hacia el mar. Nunca he visto el mar, por eso estoy algo emocionada de verlo, incluso quizás de sumergirme en él, pero ahora solo hay polvo, calor, el olor del carro viejo y la gasolina, ese que se impregna en la ropa. Al costado mi hermano, en el volante mi papá, y a su derecha la abuela.
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Los ojos de la abuela. Ella nunca sonreía, pero sus ojos parecían hacerlo siempre que podían. De niña, siempre pensé que una persona como ella, con un nombre como ese, Gardenia, debía de sonreír siempre que podía, pero estaba tan equivocada. En ese viaje me enteraría cuán equivocada estaba.