La banda seguía tocando, dando saltitos esporádicos como espasmos violentos al ritmo de las canciones de la “época de la pera”. No pude llegar a ver bien, pero creo que el vocalista tenía, mejor dicho, no tenía uno de sus dientes frontales. Al cantar, aquel orificio producía un silbido particular. Un pequeño y agudo soplido que, según consenso familiar (léase: tíos jubilados y con panzas felices), iba bien con las canciones de salsa y los merengues. “Ah, pero nada parecido a la salsa de antaño, ¡esa sí que era salsa!”, decían entre un “¡Salud por la próstata de Coco!” y “¡Salud por Conchito y sus nuevos implantes!” Aquella fiesta en la que me encontraba sumergido era la serenata de la tía Conchito. Una prima solterona de mi madre que aprovechaba sus cuarenta y cinco años para ponerse siliconas y de pasada lograr finalmente hacerse de algún marido.  “¿Cómo no se casó nunca la Conchito? ¡No es por la delantera, será por el nombre!”, reían todos esos señores que hasta ahora me preguntan qué he estudiado (Filosofía) y para qué carajos sirve lo que he estudiado (cosa que aún no sé con certeza).

Todas las tías, y no tan tías, bailaban frente al escenario pequeño en donde tocaba la orquesta. La fiesta estaba en sus últimas. Las mesas llenas de platos vacíos (algunos demasiado vacíos), servilletas sucias, manteles en revoltijos, y botellas y vasos aún siendo llenados y rellenados. Yo me encontraba sentado en una esquina, cansado de todo el barullo y cansado de que me preguntaran cuándo iba a casarme, eufemismo para saber si era gay o no, como el primo ese en tercer grado que vive en Maryland y trabaja como diseñador de vestidos de muñecas barbie. Sobra decir que estaba harto de todo eso, y que muy alegremente me hubiese gustado no solo proclamar que soy gay, sino efectivamente serlo; para dejar pasmados a todos mis familiares chismosos y, sobretodo, herir a Claudia en su femenino ego.

En fin, salí del jardín y entré a la sala de la casa gigante de la tía Conchito, donde me llamó la atención una mesa de madera en donde había desplegado un juego de Backgamon, misterio indescifrable cuando tenía doce años, misterio indescifrable ahora a mis treinta y seis. Y al parecer también para mi sobrinita Renatita, una niñita pequeña con vestido rosado y dos colitas que se acerca amenazadoramente a mí.

-¿Sabes jugar, tío Ernesto?

-No, en realidad esperaba que tú me enseñaras.

-Yo no sé nada de nada. Mi papá dice que solo sé hacer problemas y botar cosas.

-Pues, dile a tu papi que es un imbécil.

-¿Un qué?

- Un IM-BE-CIL. Y dile que tú eres lo único bueno que ha hecho y que hará en su inútil vida.

- Mmm… ya.

Esta va a ser una noche larguísima, pensé, sufriendo desde ya un dolor de cabeza que anticipaba.