
- Las palomas comen la basura… ¿Te das cuenta? Estas aves… Estos seres que vuelan están comiendo nuestras porquerías.
Daniel se puso a llorar. Estaba ebrio, de rodillas bajo el más mediocre de los mediocres postes de luz de Lima. Habíamos estado tomando en un bar cerca; lo tuve que, casi literalmente, arrastrar hasta la puerta de su edificio. Ignoro el porqué, pero me sentí como Ismael huyendo de Moby Dick. Atravesando cansado y a nado pistas mugrosas y parchadas sumergidas en la madrugada, con ese velo brillante que da el amago de lluvia que cae sobre la ciudad. Llovizna o garúa. No sé. Me quedé recostado en el poste con las manos en los bolsillos esperando a que lo bote todo. No era mi mejor amigo, pero tampoco quería que se mate.
Gateando, Daniel se acercaba a las palomas que husmeaban la basura. Las espantaba con su llanto, y esas ratas con alas percudidas salían volando huyendo de él, lo cual alimentaba más la tristeza, lo patético de Daniel. Daniel.
El aire se tornó rojo a mis ojos, una sirena de ambulancia se escuchaba a lo lejos. Encendí un cigarrillo. ¿Será por Gabriela? Ha pasado ya un huevo de tiempo. No puede ser eso, aparte Daniel con su cara de cojudo y todo puede levantarse a quien quiera. Debe ser algo más pendejo. Algo personal. Su familia quizás.
- Pero, míralas, míralas Mauricio. ¡Solo míralas! Sobreviven de la mugre… por qué, por qué no comen bien, por qué no están en donde hay árboles, y… y aire limpio.
Entre sollozos y aún de rodillas, buscaba en los bolsillos primero de su casaca, luego de sus pantalones. Mierda, gritó. Solo encontró algunos boletos de micro sucios y doblados que dejó caer al suelo. Por fin, se tranquilizó. Con ardor en los ojos lo vi inmóvil y callado de pronto, observando cómo una paloma se acercaba a explorar con su pico esos boletos tirados para engullirlos ávidamente luego.
Es su fin, pensé. Daniel no rompió en llanto, ni siquiera se inmutó. Comenzó a dar espasmos, su cuerpo se dobló como un lápiz roto. Con ambas manos en el piso húmedo comenzó a vomitar. Una y otra y otra vez. Una y otra y otra arcada. Como si fuera un animal o un homúnculo irreconocible. De no haber sentido el humo en mis pulmones, creo que yo mismo me hubiera puesto a vomitar con él, la reacción más humana y visceral ante el hecho de ser humano y visceral. De ser Daniel.
Cayó a un lado, boca arriba. Izquierda o derecha. Con lágrimas en sus ojos exhaustos su cabeza tuvo que voltear hacia la derecha, justo para que pueda ver en primer plano cómo las palomas corrían hacia su vómito amarillento y apestoso, y lo tragaban hambrientas.
¿Qué puedo hacer yo? Me quedaré observando recostado en el poste hasta que se termine este cigarrillo barato. Su cuerpo está tirado como un bache, ya parte de la pista, de las palomas y del amanecer deshauciado. Daniel no es mi mejor amigo, pero tampoco quiero que se mate. Con suerte el alcohol hará que no recuerde nada de este adorable cuadro, que no distinga nada, como una mancha en un cetáceo. El medio del medio del medio inmenso. Esperaré a que se quede dormido o al menos inconsciente para tratar de subirlo a su apartamento. Por más ruidosas que sean, ninguna alarma podrá despertarlo ni hacerlo parpadear siquiera. Está en un lugar peor que el fondo… Y lo más patético de todo esto, creo, es que no es el final, sino el principio. Acabo de ver a Gabriela mirándome desde su ventana.
Qué mierda hace ahí, no lo sé. Y, francamente, tampoco quiero saberlo.


