Sus pestañas negras parecían casi chocar con sus cejas bien arqueadas. A cada paso que daba hacia afuera, sus párpados antes cansados se abrían como si sus ojos tomaran una gran bocanada de colores. Rojo, amarillo, verde, azul, pero sobre todo plomo. Plomo oscuro abajo. Plomo claro arriba. Y la cara de Marita tan iluminada al sentir por fin el calor del sol, el aire libre, la ternura en las expresiones de sus padres y su hermana, todos sonrientes, y sus dientes, dientes relucientes y mientes y salientes y durmientes y a Marita se le acabaron las palabras que riman con dientes relucientes. Mamá, ayúdame.
Salieron del hospital de neoplásicas, el que está por Primavera con Angamos, cerca de la calle donde venden hamburguesas muy buenas. La madre de Marita cubriéndole los ojos del sol al que no estaba acostumbrada, y llegando ya hacia el estacionamiento para subir al carro y por fin regresar a casa, donde de seguro la tía Ingrid los esperaba con su famosa torta de selva negra que tanto gustaba a todos.
La quimioterapia había sido exitosa, pero Marita solo podía ver sus brazos tan flacos, arcos, sacos, ascos. Solo podía levantar la mirada hacia el cielo, hacia el sol, todo irá bien, y ver un cartel de Leonisa, esa marca de ropa interior para mujeres, con una chica de figura contorneada reclinada sobre un mueble, con el cabello largo y la mirada vacía, y Marita que llamaba a su mamá, mami ráscame, me pica el pañuelo, y recordando su cabeza tan calva, alta, flaca, saca, y su madre que levantaba la mirada para ver lo que Marita se había quedando viendo, y Marita que cerraba los ojos e intentaba concentrarse en la fuerza del abrazo de su madre, padre, ave, saque. Y su madre con un nudo en la garganta pensando por qué eso está ahí, por qué mi Marita tenía que ver eso justo ahora, por qué, tomé, toqué, solté.