Tigres

Abril 24, 2008

Cuando cargo a mi gato y me quedo viéndolo y lo mezo y le digo ñaña de gato, a veces siento que acaricio entre mis brazos un pedacito de tierra húmeda, de árboles verdes, de animales peludos. Acaricio un pedacito de Universo. Un tigre entre mis brazos. Un tigre eterno.

Cuando te tengo cerca y acaricio tu carita y me quedo viéndote, a veces siento que acaricio un pedacito de tigre. Cuando leo en tus ojos, a veces siento que leo el Universo entero, como una novela en espiral hacia abajo, que es en verdad hacia arriba, pero que no es para ningún lado, porque es para todos lados porque es el infinito. Porque eres tú. Acaricio un momento de eternidad. Tú entre mis brazos, un pedacito de sincronía. El Universo entero.

Pastilla

Abril 24, 2008

Como una pastilla amarga, pongo todos tus consejos en el fondo de mi lengua para no sentir tanto su sabor. Tu sabor. Tomo un gran sorbo del agua más a la mano que puedo conseguir, y me lo trago todo, Antonio, todo. Tus deseos, tus opiniones, tus humores, tus afectos, todo deslizándose levemente a través del largo de mi garganta espuria.

Quiero creer que esta pastilla es para mí, que logrará hacerme mejorar, pero la verdad es que es tuya, solo tuya. ¿Sientes el sabor? Esta pastilla que me trago es para ti, Antonio. Eres tú.

Leonisa

Abril 24, 2008

Sus pestañas negras parecían casi chocar con sus cejas bien arqueadas. A cada paso que daba hacia afuera, sus párpados antes cansados se abrían como si sus ojos tomaran una gran bocanada de colores. Rojo, amarillo, verde, azul, pero sobre todo plomo. Plomo oscuro abajo. Plomo claro arriba. Y la cara de Marita tan iluminada al sentir por fin el calor del sol, el aire libre, la ternura en las expresiones de sus padres y su hermana, todos sonrientes, y sus dientes, dientes relucientes y mientes y salientes y durmientes y a Marita se le acabaron las palabras que riman con dientes relucientes. Mamá, ayúdame.

Salieron del hospital de neoplásicas, el que está por Primavera con Angamos, cerca de la calle donde venden hamburguesas muy buenas. La madre de Marita cubriéndole los ojos del sol al que no estaba acostumbrada, y llegando ya hacia el estacionamiento para subir al carro y por fin regresar a casa, donde de seguro la tía Ingrid los esperaba con su famosa torta de selva negra que tanto gustaba a todos.

La quimioterapia había sido exitosa, pero Marita solo podía ver sus brazos tan flacos, arcos, sacos, ascos. Solo podía levantar la mirada hacia el cielo, hacia el sol, todo irá bien, y ver un cartel de Leonisa, esa marca de ropa interior para mujeres, con una chica de figura contorneada reclinada sobre un mueble, con el cabello largo y la mirada vacía, y Marita que llamaba a su mamá, mami ráscame, me pica el pañuelo, y recordando su cabeza tan calva, alta, flaca, saca, y su madre que levantaba la mirada para ver lo que Marita se había quedando viendo, y Marita que cerraba los ojos e intentaba concentrarse en la fuerza del abrazo de su madre, padre, ave, saque. Y su madre con un nudo en la garganta pensando por qué eso está ahí, por qué mi Marita tenía que ver eso justo ahora, por qué, tomé, toqué, solté.