Observación lógica #4
Noviembre 26, 2007
Arrepentirse es desear no haber hecho algo que, de no haberlo hecho, nunca te hubieras podido arrepentir de.
Silencio
Noviembre 24, 2007

Las heridas que causé, ahora las recuerdo todas. Cabalgando una avalancha que cae sobre mí, vienen todos esos momentos, los pocos momentos en que he podido ver claramente el segundo exacto en que alguna de mis palabras o hechos han herido a una persona que no soy yo, y que nunca podré ser.
Hoy, por ejemplo, herí a mi padre. Lo decepcioné diciendo lo que pensaba. Le hice daño con mis propias palabras. Me doy cuenta de eso. Una leve inflexión de la voz, un ángulo ligeramente diferente en los párpados que me indica que la imagen de mí se va degradando a cada letra que pronuncio ante las personas que me importan, o peor aún, a las personas a las que les importo tanto. Eso siempre me tuvo sin cuidado, que piensen mal de mí me refiero, pero siempre me atormentó el hecho de poder herir a alguien, de dañar su propia imagen ante sus ojos, de perjudicarlos de alguna manera. Creo que eso explica mi silencio. He aprendido que es mejor no decir nada, quedarse callado y ver cómo siguen los demás, mantenerse al margen, mientras cuentas las peleas y ves los bonitos zapatos que llevan todos.
Es tan gracioso, entonces, darme cuenta ahora, justo ahora que había llegado a esa conclusión silenciosa, de que hay veces en las que quedarse callado puede herir a otra persona. Que siempre esperan algo de uno. Y no solo eso, sino que me aterra el hecho de que el dañar mi imagen ante ti te hiera y te duela tanto. No existe la libertad. Es la familia, las madres, los padres, es todo unido que me presiona y me exije disimular hasta los huesos que efectivamente soy la persona que merecen ver reflejada en sus ojos, en tus ojos. Me duele tanto saber que ahora hasta mis silencios pueden dañarte, que pueda traspapelar el guión con las palabras que quieres escuchar y que en el fondo quiero decirte. Me apena darme cuenta de que si callaba era para que no me descubrieran. Y me da mucho miedo saber que contigo nunca me perteneceré.
Efraín terminó de hablar, y Carmen no supo qué responder. No entendía muy bien a lo que se refería, así que solo se remitió a decirle que debían salir a pasear esa misma tarde por algún lugar soleado y sin nubes, algún lugar bonito.
Residencial Woolgathering
Noviembre 7, 2007

Todos esos edificios. Todos esos edificios que ven ahí. Todos ellos son mis hijos. No los he diseñado ni los he construido, pero los he visto crecer, a todos y cada uno de ellos. Desde los cimientos profundos hasta las últimas ventanas sin cortinas. Desde las columnas de hierro y cemento hasta la pintura siempre de colores sosegados. Sé el nombre de cada uno de ellos y los atrasos y anécdotas de su construcción.
Cada mañana, todos los días, en el trayecto de mi casa hacia el trabajo, los he visto nacer y erigirse por entre las mediocres casas de dos pisos. Levanto la mirada cada vez más cada semana, sacando casi toda mi cabeza fuera de la ventana del auto, solo para verlos crecer piso a piso hasta hacerle cosquillas al cielo. Dándole cada vez más vértigo a los obreros de construcción, en medio de cables, equilibrándose entre vigas con esos cascos amarillos que siempre quise poder usar. Lo sé todo de mis hijos, menos quiénes viven en ellos.
Pero hay un edificio que pasé de largo. Es ese edificio alto que se ve a la derecha, cerca del parque de coníferas. Recorro el mismo trayecto en auto todos los mismos cinco días de la semana, pero hay uno que no había visto crecer, uno que perdí de vista. Justo ese. Lo noté ayer en la noche cuando regresaba de la oficina cansado y con sueño. En medio de un bostezo, levanté la mirada y me di con catorce pisos refulgentes. Pintura color blanco perla. Balcones con plantas verdes y flores rosadas. Líneas armoniosas. Detalles en madera. Era un edificio precioso. No como la arquitectura “moderna” de hoy en día, llena de espejos fríos e impersonales. No. Este era un edificio especial y, sin embargo, había pasado inadvertido ante mis ojos todo este tiempo.
Sobra decir que me sentí muy mal. Casi como un mal padre que no le presta la suficiente atención a sus hijos por volver siempre cansado del trabajo. Voltée el timón y me dirigí hacia la puerta de entrada. Aproveché que un señor salía para escabullirme hacia el lobby, donde un portero con rostro amigable me esperaba.
- ¿Cómo se llama este edificio?, pregunté.
- ¿A quién busca?
- Al edificio.
- Se llama Residencial Woolgathering- trató de pronunciar-. Los dueños eran ingleses, o escoceses quizás. No sé, pero siempre veía a un señor pelirrojo con una cerveza en la mano, así que deben ser irlandeses. Sí, eso debe ser.
- ¿Me permite subir?, le dije.
El portero me miró como si yo fuera un niño de tres años. Me respondió que no, que no habían departamentos en venta, que me fuera de una vez antes de que… Salí de allí y subí al auto. Me quedé sentado por un momento mirando al edificio en un contrapicado que terminaba en el cielo azul de una noche de un viernes cualquiera, que sin embargo sentía tan especial. No sé por qué pero se me salieron unas cuantas lágrimas que no supe o no quise contener. Me limpié con el dorso de la mano, pensando pero qué maricón que eres, y encendí el auto. Pocos carros recorrían las pistas, lo cual me hacía sentir más relajado, casi adormilado, como ahora.
Manejé toda la noche dando vueltas por el malecón, pensando en nada y en todo, que es casi lo mismo. Una inmensidad que se extiende como el océano. Pensando en mis edificios, el informe que tenía que presentar el lunes, la sonrisa de ella, sus ojos, mi tiempo muerto y que debería dejar de fumar de una buena vez. Todo ello flotando sobre el mar, yendo y viniendo en un aire salado como un collage hecho de neblina. Con un título que podía ser un pensamiento de Benjamin Disraeli con el que me había cruzado aquella tarde: “A consistent soul believes in destiny, a capricious one in chance.” Pensaba en nada. Disraeli no menciona si existe o no el destino o la casualidad. Solo el alma.
Por ti creo todo y para siempre, pensaba Efraín, pero esto nunca lo dice ni lo ha dicho a nadie.
Por primera vez en todos mis viajes no puse mi música, lo cual me desesperaba en el fondo, como si sintiera gotas cayendo hacia un pozo. Una por una. A cada segundo. Sin parar. Me sentí asqueado de mí mismo, quizás por el mismo silencio. ¿Entiendes lo que te digo? Quería gritar. Frené en seco y volví donde el portero, entrando esta vez sin reparo alguno a aquel edificio perdido. ¿Cómo se llama usted?, pregunté. Me dijo que Pablo, y me presentó a su esposa. Una mujer pequeña que se deslizó casi imperceptiblemente de la puerta detrás de él. Y ella es Julia, mi mujer, me dijo. Juntos cuidamos el edificio. Es como nuestro hijo.
Efraín sonrió, pero nadie lo notó, ni él mismo ni Disraeli ni la Residencial Woolgathering.