Observación lógica #3

Septiembre 28, 2007

A veces pienso que me gustaría ser un gato para saltar y correr y maullar como gato, y hacerme bollito cuando duermo, y hacer esos sonidos gatunos al comer galletitas y bostezar… Pero si fuera un gato, no sabría que soy un gato.

El macho Sánchez Cerro

Septiembre 26, 2007

sanchez cerro

Le decían el cholo Sánchez Cerro, y tenían razón: era cholo. También le decían el mocho Sánchez Cerro, y también tenían razón: era en verdad mocho. Manipulando un arma se había volado uno o dos dedos de la mano. Por esta razón se presumía que también era cierto el apelativo que le había ayudado tanto a ganar las dudosas elecciones de 1931: “el macho Sánchez Cerro”. Si bien volarse dos dedos de la mano podría parecer más un signo de descuido que de machismo, bajarse al “tirano” Leguía sí que debía ser la tesis final del postgrado en masculinidad. La prueba más auténtica de valentía y bravura contra el orden establecido.

Por ello siempre me intrigaron las extrañas circunstancias que rodearon la muerte de Sánchez Cerro. La versión oficial reza, con las manos juntas, que un militante aprista lo asesinó a la salida de un desfile militar. No contenta con esto, me dispuse a investigar más sobre su muerte: entrevisté a historiadores, me sumergí en polvorientos océanos de libros y periódicos de la época, retorcí hasta mi última neurona tratando de atar cabos y militares y generales. Y esto fue lo que encontré.

30 de abril de 1933. Ya habían pasado tres años desde que el piurano Sánchez Cerro había encabezado un golpe militar que derrocaría a Leguía tras once años en el poder. Formó una Junta de gobierno militar que rigió el país durante seis meses, hasta febrero de 1931, cuando se convocaron las famosas elecciones de Haya de la Torre y el APRA vs. Sánchez Cerro y la Unión Revolucionaria. Lo intelectual medio izquierdista vs. lo paternal medio capitalista. Corrieron las apuestas, aunque los resultados no fueron del todo sorprendentes. La oligarquía tentó a Cerro con algunos símbolos elitistas que deslumbraron al cholo, lo hicieron miembro del Club Nacional y le “prestaron” una chica de alta sociedad, para hacerlo su candidato. El Comercio también lo apoyaba. En fin… ¿mencioné que en 1931 el voto excluía a los analfabetos y a las mujeres? El macho había ganado.

Sin embargo, a pesar de que se diga que las elecciones fueron fraudulentas, lo cierto es que Sánchez Cerro le ganó a Haya de la Torre por 50 000 votos. La de 1931 fue una elección con irregularidades, pero no fue una elección fraudulenta —en Cajamarca no llegaron los materiales de votación, pero, aunque toda Cajamarca hubiese votado por el APRA, Sánchez Cerro igual hubiese ganado—. Es decir, no se trató de cambiar la voluntad del pueblo; el cual prefería de lejos al cholo macho, mestizo y humilde de Cerro, que al blanco aristocrático, sospechosamente soltero y para nada macho de Haya.

Gardenia Fiso y el escenario

Septiembre 22, 2007

Se quedó de pie, viendo a su único hijo partir sin siquiera despedirse de ella, sin siquiera mirarla de nuevo como para tener una última imagen de su madre, aquella que dejaba ahora tan atrás y que no vería durante los próximos ocho años.

Piero olvidó su maleta. Ella se agachó y la abrió, mientras sus ojos iban y venían entre las camisas, las bufandas, los pantalones y los guantes que le había tejido un año atrás. Lo imaginó caminando por las calles, rumbo a la estación del tren, sin nada más que un poco de dinero y el pasaje que llevaba en su billetera. Imaginó el sonido del tren partiendo, la cara de Piero pegada al vidrio, ¿me recordaría?, se preguntaba, ¿tendría una foto mía en su billetera al menos? En el fondo, Gardenia sabía que no lo volvería a ver, que era demasiado orgulloso como para volver siquiera por su maleta, mucho menos para despedirse de ella, pensó. Piero nunca más me verá cantar, nunca más lo acurrucaré con mi voz antes de dormir.

Ella no veía nada malo en su actuar como madre estos diecisiete años, le había dado todo a su hijo, todo su tiempo, todo su amor, por eso no supo por qué rezaba en su mente, perdóname, Piero, perdóname, perdóname, mientras se alistaba y se peinaba, perdóname, Piero, mientras cantaba con la mirada posada sobre su vientre, perdóname, por favor, mientras todos aplaudían con lágrimas en los ojos.

Gardenia Fiso alisó su vestido verde oscuro de encaje, se puso un gancho de brillantes en el cabello y salió al escenario, en donde su audiencia la esperaba expectante, aclamándola. Gardenia cantó, y el periódico de la mañana siguiente publicó que aquella fue su mejor performance hasta la fecha, que nadie había visto en la ciudad a alguien cantar su corazón entero en el escenario, conmoviendo a todo el recinto con las tristísimas notas de música fado. Nadie hacía sentir cada línea de cada canción tanto como ella.

Sin duda, Gardenia era toda una estrella y éste, solo el comienzo.

Gardenia Fiso y su hijo Piero

Septiembre 19, 2007

- Estaré solo pues, a lo macho.

Gardenia Fiso lo miró de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba (tarea que no le tomó mucho tiempo). Quiso sonreír, pero sabía que su hijo era demasiado orgulloso, especialmente con su madre, como para no haber pensado y repensado las exactas palabras que le iba a decir en ese discurso. Un discurso casi solemne que contenía términos como “honor”, “madurez” e incluso “dignidad”. Gardenia se conmovió tanto que casi llora, mas no sintió ni un ápice de tristeza ante la aparente inminencia de la partida de su hijo. Por el contrario, se sintió orgullosa de él y sus cortos diecisiete años y ese discurso digno de Pericles y su defensa a la democracia ateniense.En un movimiento melancólico y casi automático, Gardenia bajó la cabeza y miró su vientre debajo de su vestido verde oscuro. Recordó cuánto lo acariciaba durante esos nueve meses en que Piero vivía dentro de ella, y ahora se iba, y a ella le parecía tan pronto. Y los pantalones de Piero tan sucios y sus cabellos castaños tan despeinados. Recordó que a veces acariciaba la cicatriz en su vientre cuando extrañaba a su hijo, quien desaparecía días enteros en su afán por lograr ser aceptado como asistente de dirección en alguna casa filmográfica. Acariciaba esa cicatriz como para cerciorarse de que sí, tenía un hijo que había salido de sus entrañas y se llamaba Piero. Gardenia ahora no se atrevía ni siquiera a tocarlo, ni a la cicatriz en su vientre ni a él.

- Si quieres eso y crees que puedes, entonces tienes mi apoyo.
- No quiero tu apoyo, solo quiero que me dejes ir.
- Nunca te he retenido porque creo que nunca has sido mío.

A Piero se le formó un nudo en la garganta tan enredado que se dio media vuelta en ese mismo instante y, sin despedirse, se dirigió a la estación del tren antes de que su madre se diera cuenta de sus ojos vidriosos. Se fue corriendo antes de que él mismo se diera cuenta de que rompía en llanto en medio de la calle.

“I have found adventure in flying, in world travel, in business, and even close at hand… Adventure is a state of mind – and spirit.”

Jacqueline Cochran
US aviator (1910 – 1980)

Tesis

Septiembre 14, 2007

Tocó la puerta de la oficina, entró, se sentó y esperó los comentarios de la profesora sobre el avance de su tesis. La profesora bajó la cabeza deslizando sus enormes lentes para mirar fijamente a Alicia Alfaro, quien a su vez miraba fijamente los lentes de la profesora, los cuales pendían ahora casi en equilibro sobre la punta de su afilada nariz, como si la profesora quisiera cerciorarse y eliminar cualquier vidrio, por más impecable que fuese, entre ella y lo que veía, para ver con sus propios ojos acuosos si aquella chica en frente suyo era real, si alguien era efectivamente capaz de escribir aquellas frases inverosímiles en un trabajo que pretendía convertirse en una tesis.

Sentada de lado, Alicia Alfaro, con una actitud más bien despreocupada, la oía y asentía con la cabeza como para darle gusto. La profesora por fin dijo: “Tú no escribes Sociología, tú escribes Literatura.” Alicia no pudo esconder la sonrisa que se dibujó en su rostro, espontánea, incubrible, feliz. Una sonrisa que quería convertirse en risa, pero que Alicia trataba tanto de contener. Una sonrisa brillante, que la profesora tradujo como un fiel indicador que confirmaba su hipótesis inicial: “Esta chica efectivamente ya quemó.”

En mis manos

Septiembre 12, 2007

Perseguí a mi hermano mayor por toda la casa, grité, imploré, pero no me hizo caso. Llegó a los ventanales de la sala, los abrió de par en par, y lo hizo: sacó afuera la laca de pelo de mi mamá y apretó el spray… Yo veía todo desde adentro: la risa burlona en la cara de mi hermano, sus dedos apretando con fuerza el spray, la rapidez ligera con que las gotitas subían hacia el cielo indefenso… Salí corriendo a la calle, al lugar mismo en donde se había disparado el spray, salté lo más alto que pude con mis manos abiertas, pero ya era imposible: las gotitas de laca estaban fuera de mi alcance.

Caí de rodillas y lloré, y quise con todas mis fuerzas que mis lágrimas se evaporaran y volaran y taparan el nuevo hueco en la capa de ozono sobre mi propia casa… pero no. En lugar de eso mis lágrimas solo cayeron al suelo formando un charco sucio.

Septiembre 7, 2007

“El truco está en no creérsela”, dijo confiada una sonriente Sofía, que se bajó de mi nuevo automóvil verde oscuro con una naturalidad refrescante, como si fuera una brisa marina en el día más caluroso de mayo. Yo me quedé viéndola, casi babeando por ella y su cabello largo y sus ojos y los datos triviales que se sabe de memoria y me dije “Está bien, Sofía, creeré que no te amo.”

Tanto que no duela

Septiembre 6, 2007

Si yo fuera tu novia, te dedicaría esta canción, pero ambos sabemos que jamás estaremos juntos, porque al nacer me prometieron en mano a Christopher Robin, y tú fuiste prometido a Sheila, la prostivedette quitariñones, esa que es tan famosa y temida en el Cono Sur de Lima.

Pero ambos nos queremos tanto, con ese cariño entrañable, que sí, está en las entrañas, en alguna parte entre los omóplatos y la hormona tiroidea, entre la vesícula biliar y el talón de Aquiles, entre mis trompas de Falopio y tus riñones, esos que tienes que aprender a proteger tanto desde ahora.

Y somos felices así, y nos abrazamos de vez en cuando, y te veo y entonces sonrío aunque ahora ya no hablemos tanto, y quiero que seas tan feliz, tanto que cuando sonrías se vean todas las curaciones de tus muelas, tan pero tan feliz, tanto que no duela.

Long ago (and far away)

Septiembre 1, 2007

Esto me pasó a mí, no a un amigo del tío de mi primo en grado tercero, no. Me pasó a mí: Renato Zúñiga, el mismo que “viste y calza” camisa celeste a cuadritos y zapatillas verdes. Estaba en una combi, una combi cualquiera, malaspectosa como todas. Con asientos desgastados haciendo las veces de post-it pornográficos, con smog afuera y adentro, con stickers de “no seas sapo” y recomendaciones metafísicas de Condorito. Esa mañana sonaba una cumbia de moda, no recuerdo la letra, pero supe que era una canción de amor. Qué suerte la mía escuchar tamaña cacofonía tropical justo el día en que olvido mi reproductor de Mp3, me dije. En fin, no viene al caso. Lo que sí viene al caso era la cara de gángsteres que tenían el chofer y el cobrador. Parecían hermanos recién salidos de prisión tras una condena por homicidio doloso en primer grado, y parecía que hubieran disfrutado cada segundo de la misma. No me fijé muy bien, pero pude entrever tatuajes iguales en sus antebrazos peludos y bronceados. No, no eran bronceados ni “curtidos por el sol”, eran quemados, brazos quemados. El brazo derecho del cobrador era el más quemado, igual que el brazo izquierdo del chofer. Su posición en la combi lo explica.

Mi destino era lejano, por eso siempre me sentaba en el asiento de atrás. Podía ver cómo subía y se bajaba la gente. Desde señoras cargando bolsones llenos de tamales para vender en el mercado, hasta colegiales sudorosos con uniformes de educación física. Yo los observaba a todos. Oía sus conversaciones. Me parecían tan banales como fascinantes; a excepción de las conversaciones entre novios, aquellos diálogos me parecían realmente estupefacientes—en la acepción más insana del término—. Pero eso es lo que hago. Soy un observador, un fantasma. Un outsider que, sin embargo, nunca ganaría unas elecciones. Quizás por eso no me vieron, no notaron mi presencia. Esa mañana me senté en la esquina izquierda de atrás. Como muchos días anteriores, la combi se vació al llegar a esa parte lejana de la ruta, y quedé sólo yo en esa esquina. El chofer y el cobrador comenzaron a hablar libremente, en un tono que no había escuchado en todo mi largo viaje aquella mañana. Pusieron un casette con una canción que tardé unos minutos en reconocer: Long ago (and far away). Sonrieron un poco, se relajaron en sus asientos y el chofer puso el pie en el acelerador.