Observación lógica #2

Agosto 31, 2007

Si la derecha es la izquierda (y viceversa) para los espejos (desde su lado) , ¿por qué arriba no es abajo y viceversa para los espejos?

Distracción

Agosto 30, 2007

Yo estaba tan feliz. “Pellízcame para saber si esto es real”, le pedí a mi hermanita. Ella, toda chiquita como sólo las hermanitas menores pueden serlo, me miró con sus ojos precisos y preguntó: “¿Por qué?, ¿acaso si te duele significa que es verdad?”
Yo qué le iba a responder.
La pellizqué.

Pero fue un pellizco chiquito nomás, como para distraerla.

Espectro cromático

Agosto 27, 2007

El profesor de física seguía disertando sobre la luz blanca del sol porque, alumnos, los colores que vemos son partículas rechazadas por la misma materia, así, un árbol es verde porque absorbe todos los colores del espectro de la luz solar, menos el verde.

Mientras tanto, sentada en una carpeta al fondo del salón de clases, con la cabeza apoyada en ambas manos, Lucía suspiraba sonriente: “Yo absorbo todo, menos la felicidad…”

Ahora entiendes porqué estamos ambos muertos en vida, ahora entiendes que la distancia que nos separa es un miserable centímetro, ahora entiendes que desperdiciamos cada respiro que tomamos, cada paso que damos, cada día y cada noche. ¿Ahora lo entiendes, Elisa?

No somos más que un desperdicio de vida, ofendemos a los dioses y al tiempo. Estamos muertos. Debemos estar juntos viviendo la vida que queremos, con la casa, el perro (aunque, por ti acepto cualquier gato), con el jardín y las flores que a ti te gustan, con nuestros hijos corriendo por todos lados y nosotros haciéndoles la lonchera, tan cansados pero tan felices como para siquiera pretender quejarnos, tan felices, amor, tan felices. Pero no estamos haciendo nada de eso y cada segundo no vivido contigo me duele en la espalda, como quemaduras de cigarrillos que nunca terminan. Acepto que la culpa es toda mía, amor, de mis órganos internos, de mis fluidos y de mi falta de convencimiento para hacer que te quedes a mi lado a pesar de todo, lo sé, pero ¿ahora lo logras entender? Ahora que voy a hacer lo que voy a hacer por nosotros.

Somos un fraude, Elisa, es cierto. Somos un árbol sin hojas ni frutos, un círculo sin cerrar, tú el agua y yo la tierra estéril, y todas aquellas metáforas tan simples y trilladas que me dan ganas de vomitar. Somos todo lo que te dice tu madre en cada oportunidad que encuentra, sí, amor, pero también somos lo mejor que nos ha pasado en la vida, lo único que vale la pena defender. Por eso debemos permanecer juntos a pesar de todo, porque no podemos vivir separados, tú lo sabes bien, dime por favor que lo sabes y que todo esto no ha sido en vano. Dime que sabes que ese hijo en tus entrañas nunca deberá nacer porque es una aberración de lo que debió haber sido. Ese hijo tuyo debió ser mío también, pero es que acaso no lo ves, Elisa. Te llevas mi vida entera. Te llevas nuestro destino dentro de tu vientre.

Si tu hijo nace, ya no amarías a nadie más. Te conozco, mi vida. No amarías ni siquiera a tu esposo, solo amarías a tu hijo y a nadie más, porque al menos sabes distinguir el amor verdadero de las mentiras que todos te arrojan, por eso sé que entenderás lo que voy a hacer.

Ese hijo debió ser mío, debió ser también mío para que amaras no una parte de ese imbécil con el que estás, sino una parte de mí, amor. Debimos cerrar el círculo juntos, debimos hacer crecer nuestra felicidad y prolongar tu hermosa herencia, nuestro hijo debió tener tus ojos y mi quijada, pero no puedo evitarlo, Elisa, soy un terreno baldío por dentro, estoy seco, no tengo ni una gota de vida dentro de este cuerpo para regalarte. No puedo darte el hijo que tanto desean tus entrañas, pero puedo evitar que cometas el peor error de tu vida porque, Elisa, yo soy tus entrañas. Riégame con tus lágrimas, humedéceme, amor, ayúdame. Ayúdame. No me abandones, por favor. Yo seré tu hijo. Perdónalo. Perdónalo por dejarte vacía.

Agosto 18, 2007

Nunca sabrás que luego de escribir la carta más amorosa para ella, lamía la estampilla pensando en ti.

Casimiro y Elías

Agosto 17, 2007

Quisiera estar hablando de alguien viejo, de una persona anciana con mucho tiempo libre, quizás de un niño travieso, o incluso de algún enfermo mental… aunque, claro, esto último podría terminar por ser cierto… En fin, quisiera estar hablando de alguien que no conociera, pero no. Se trata de mi hermano menor, un amante empedernido de las pulgas de su gato.

En general, todos queríamos a los gatos, ya que siempre hubo uno en la casa. Pero hubo uno en especial, con el que, según yo, mi hermano comenzó su fijación o atención excesiva para con los gatos. Mi mamá lo engreía bastante (a mi hermano y al gato en cuestión). Mi hermano tendría veinte años, los ojos tristes y la sonrisa fácil, la cama y el cabello siempre destendidos. El gato era de pelaje plomo con rayas negras, las garras siempre atentas y de porte distinguido, como un pequeño tigre de ojos verdes. Se llamaba Casimiro, “Casimiro, el gato”, lo presentaba mi mamá, como si aquel animal fuera un diplomático de visita en la casa, pero para mí era un simple gato al que llamaba con nombres como “felino malaspectoso”, “gato de satán” (“satan’s cat” cuando estaba estudiando inglés), “gato pulgoso/sarnoso/techero”, “gato gorreador” (de casa y comida, se entiende), entre otros muchos nombres despectivos que tenían como único fin dar la nota disonante en la familia, la cual adoraba a aquel bonito gato. Lo confieso, el michi estaba bonito, tenía su gracia, y era el único que salía bien en todas las fotos familiares.

Pero la atención hacia ese gato era casi desmesurada; lo sé, hablo desde la posición para nada objetiva de uno de los desplazados por este gato en la familia, pero creo ser parcial en este aspecto. Si “vida de perros” es una frase que indica una vida dura, llena de obstáculos y sacrificio, entonces “vida de gatos”, o mejor dicho, “vida de Casimiro”, tendría que ser su antónimo directo. Todos los días, mamá le daba de comer, limpiaba y cambiaba su caja de arena, y, sobretodo, le hacía cariños. Lo acariciaba bastante. Le daba abrazos y besos y lo llamaba por nombres melosos, como Casimirín, Casimirón, Casimirruchín. Hasta hacía pequeñas canciones con sus múltiples nombres… Diablos, creo que quería más a ese gato que a nosotros. Ahora que lo pienso, quizás por eso Elías comenzó a interesarse tanto por el gato ese. Acompañaba a mi mamá a comprarle comida, ayudaba a limpiar sus cosas, incluso ayudaba a bañarlo, y Dios sabe cuánto maullaba y mordía aquel condenado gato si tocaba el agua. Mi hermano salía del cuarto de baño con los brazos llenos de cortes, como si acabara de tener la más pirañesca de las peleas, pero eso no le importaba en lo más mínimo. “Pequeñeces”, decía con una sonrisa en los labios, “Nimiedades”, y se dirigía hacia el botiquín de la casa para hacerse de una considerable cantidad de alcohol y curitas.

Recuerdo también que, imitando algún programa de dibujos animados, a Elías se le ocurrió hacer pequeñas madejas de lanas de colores (robadas de la abuela) para arrojárselas a Casimiro, quien se abalanzaba sobre ellas destrozándolas feliz mientras jugaban en el jardín. Bonito cuadro, lo sé, digno de una galería kitsch gatuna, el cielo felino. Pero no pensarían lo mismo luego de ver las manos de Elías, llenas de cicatrices y moretones, y a mi abuela que salía corriendo (dentro de lo que las abuelas pueden correr), gritando “¡Mis lanas! ¡Mis lanas!”. Una por una, Elías tenía que recoger las madejas deshechas y devolvérselas a la abuela que siempre se molestaba y le decía desafiante “¡No te haré más chalinas, muchacho atrevido! Eso eres: ¡Liso y atrevido! ¡Liso y atrevido!”. Yo lo ayudaba, y Elías y yo no podiamos parar de reírnos en el jardín mientras envolvíamos las lanas, preguntándonos qué demonios significará “Liso”. Nos reíamos tanto, tanto.

Recuerdo que mamá se encontraba viendo toda esta escena desde la puerta del jardín, y a pesar de todo este caos, nunca le reprochaba nada a Elías, tan solo se limitaba a sonreír al ver jugar (yo diría casi pelear) a mi hermano y al gato, y a decir en ese tono tan suyo “Casimiro, vamos Casimiro, en la cara no, ¡ya te he dicho que en la cara no!”.

Mientras tanto la abuela, ya con sus preciadas lanas, le gritaba a mamá “De tal palo tal astilla”, y después se retractaba diciendo “Tú y Elías, porque eres mi hija, pero yo no soy así toda así como ustedes con los gatos, ayayay”. Y mamá le recordaba a San Francisco de Asís, que “sí, mamá, los animales también son hijos de Dios” y la abuela se iba a su cuarto diciendo algo sobre la vida secreta de San Martín al que, según ella, no le gustaban los gatos a pesar de haber juntado perro, gato y pericote, y se iba con una mirada y una sonrisa que parecían decir ay, mijita linda.

Sin duda aquel era un gato engreído y mi hermano también era un hermano engreído.

Noah

Agosto 16, 2007

Y me da pena saber que cuando me abanique, los recuerdos que tenía de él se irán esfumando, uno por uno, hasta que no me dé cuenta realmente del valor de lo perdido. Siempre sucede así. El olvido mata la esencia de lo olvidado. Solo queda un sinsabor, imperceptibles comisuras en los labios, amagos de sonrisas que nunca volverán a ser las mismas. Me va quedando una sensación general, como si hubiera entrado a un museo alucinante, un museo de juguetes antiguos, y solo tuviera la oportunidad de recordar uno, de cogerlo entre mis manos y examinar sus detalles para retenerlo durante unos segundos más en la memoria.

Podría albergar miles de oraciones, párrafos y textos completos, pero a medida que pasa el tiempo, solo me quedará de él una palabra que jamás hará justicia a todo lo que era. Es así: terminas olvidando lo que olvidaste. Olvidas a la persona que habías construido dentro de ti, como un collage que se cae a pedazos.

Pero a pesar de todo, y porque resulta imposible evitarlo, creo que siempre quedará algún vago recuerdo perdido en alguna dendrita. Temo que se activaría si veo, si veo pequeñas cosas que me recuerden a él, esbozos de su rostro, su fantasma. Como ver tan solo su silueta, sus chalinas, sus zapatillas. Sus ojos vacíos, que mi mente rellena; su sonrisa quebrada, que mi memoria delínea. Imágenes fugaces que de tanto ser manoseadas por mí, terminarán albergando tan solo mis huellas dactilares. La versión mía de tu persona, o lo que creía que era tu persona.

Una por una, las fotografías mentales que tomé de ti, desfilarán de entre el medio mis ojos y saldrán agazapadas por la puerta trasera de mi cerebro. Dendrita a dendrita, neurona a neurona, los recuerdos que me quedaban de ti se irán esfumando, esta vez no por los efectos irremediables del tiempo y la memoria, sino por el calmo tono de mi voz retumbando en cada una de ellas, informándoles: “Ustedes no existen, nunca lo hicieron.”

Por eso, Noah, por eso puedes estar acá parado enfrente de mí, puedes gritar todo lo que quieras, puedes insistir hasta el hartazgo, pero, ya ves, no te recuerdo, pues ya sé quién eres.

“La vida es bella”

Agosto 15, 2007

- Sí, tienes razón.- dijo en su mente el lector.

Metas implícitas

Agosto 14, 2007

Cada vez que logro hacerla reír, considero ese momento como un triunfo personal. Como la primera promesa cumplida, como la primera prueba de que sí, amor, sí seremos felices durante el resto de nuestra vida juntos.

Two peas in a pod

Agosto 13, 2007

No sé por qué lo paso de largo siempre. Es decir, me lo presentan, él siempre me saluda con el más cordial de los saludos, me dice “Hola, compadre, ¿no te acuerdas de mí?” con la más sincera de las sonrisas, y yo qué hago, nada. “¿Nos conocemos?” “Pero claro, ¿es que no recuerdas?” No me queda más que fingir que efectivamente lo conozco, y por las expresiones de extrañeza que ponen nuestros amigos en común al presenciar esta escena, puedo casi afirmar que efectivamente… nos conocemos de algún lado, solo que no recuerdo cuándo ni dónde ni a él.

Me avergüenza esta situación sobretodo porque me sucede solamente con él, con la persona que justamente todos parecen encontrar tan parecida a mí. Mis amigas no se cansan de hacérmelo notar, como si fuese parte de un acto circence freak. Dos gotas de agua. Two peas in a pod. “Pero si parecen gemelos”. Por más que me disgusten estos comentarios, no puedo dejar pasar por alto la semejanza, no solo en el físico, sino también en nuestras profesiones, en nuestras palabras, en nuestros gestos. Son por esta clase de expresiones que ahora me doy cuenta de lo importante que él se ha convertido en mi vida. Pequeñas palabras que noto con el rabillo del ojo: “nuestros gestos”, el “nuestros”. Como si fuésemos un equipo de camaradas, como si nos conociéramos durante más tiempo que una simple noche entre copas de ron y humo de cigarrillos que trato inútilmente de dejar. Un “nuestros” que debería ser con todo derecho reemplazado por un despectivo “él”, “ese”, “aquel”. Mientras más lejano mejor. Pero no. Es que ¿cómo odias a alguien que parece parecerse tanto a ti?

Este hecho me preocupa de sobremanera, inunda mis pensamientos, los obstaculiza. Especialmente desde que me lo comienzo a topar con mayor frecuencia en más y más reuniones. Se ha hecho muy amigo de mis amigos, de hecho parece frecuentarme a mí también, solo que no lo recuerdo ni lo reconozco en las fotos de grupo. Nunca lo recuerdo, pero he logrado pasar desapercibido ocultando mi cara de estupefacción ante este desconocido que me trata con la más íntima de las camaraderías. Cada vez que se me acerca muy amicalmente alguien que no conozco, cuando me saluda o me abraza alguien a quien no recuerdo, cuyo rostro no logro descifrar, asumo inmediatamente que es él. Esa persona que parece seguirme, sino copiarme.

Todo esto lo sé porque desde hace unas tres semanas decidí apuntar las impresiones que esta persona me causaba en una libretita que comencé a guardar celosamente en el bolsillo derecho de mi saco. Me disculpaba con mis amigos, que de por sí ya estaban acostumbrados a mi comportamiento extraño cuando él llegaba, y me escapaba silenciosamente al baño o a la cocina de la casa de turno para escribir todo lo que podía recordar. Es así como pude terminar este perfil. Una serie de rasgos, comportamientos, posturas que lo caracterizan a él y que, pavorosamente, me caracterizan también a mí.

Todos estos hechos o coincidencias no hubiesen pasado de ser algo más que una rara anécdota de un payaso perturbado mentalmente o la trama de un capítulo de la Dimensión Desconocida, pero la verdad es que fue empeorando hasta hacerme imposible la existencia. Sí. La existencia. Mi existencia. La cual no estaba siendo invadida por él, ni siquiera copiada, sino todo lo contrario.

La primera vez que lo vi, (entiéndase, la primera vez que me dijeron que lo vi) fue en la fiesta de cumpleaños del hermano de mi ahora ex novia, Sofía. Una chica encantadora a la que ahora me resulta muy doloroso recordar. Cómo quisiera a veces que fuera ella a quien se me hiciera imposible traer a la memoria y desconocerla si me la topo de casualidad bajo el más bochornoso efecto etílico. Aunque, pensándolo bien, sería inútil: en menos de cinco minutos de conocerla de nuevo me volvería a enamorar de ella, de su sonrisa, de su sentido del humor y de la manera en que sus ojos parecen hablar por ella, susurrando sutilmente a gritos cosas a veces incoherentes con sus palabras. Como el más tierno “sí, si yo te quiero” mientras me decía que no, que no quería arruinar nuestra amistad teniendo algo más conmigo.

En aquella fiesta llena de chibolos semi drogados y completamente tarados, a la que asistí solo para ver a Sofía, fue cuando también lo conocí. A él.