
El amor de Valentina es tan épico como eterno, tan ingenuo como melodramático. Quitar una de esas características, es no entender el amor de Valentina. Y no entender el amor de Valentina es no entenderla a toda ella. Y ella es tan adorable. No la conozco desde hace mucho tiempo, pero nos hemos hecho amigos, y yo la escucho y la escucho, y ella habla como atrapando mariposas que revolotean dentro de la máquina de hacer raspadillas que es su cerebro.
En mi asiento de primera clase, viajaba de la claridad de sus ojos chispeantes a las estalactitas de sus ocurrencias más oscuras. Tantas caminatas de sinsentidos con sentido que te desarman. Tardes de argumentos lógicos con el más ridículo tinte que te hacen dudar de lo que creías era cierto. Así era Valentina: no daba nada por sentado, preguntando todo como un niño en el zoológico. Un niño con una sobredosis de azúcar. ¿Por qué las jirafas tienen el cuello tan largo? ¿Por qué los pandas son blanco y negro? ¿Por qué no puedo olvidarme de él y dejar de amarlo?
Valentina es una chica inteligente, graciosa, no es una niña, pero a veces lo parece tanto que eso me conmueve y me hace dudar de mí mismo. Qué podría decirle para aplacar sus dudas, para calmarla, para hacerla feliz. Para hacerla entender que valía mucho más de lo que creía. Valentina es una chica simpática y atractiva. Con un cuerpo ondeante listo para ser tocado, estrujado, abrazado, amado a todo momento, que parece contradecir su rostro risueño. Con una sonrisa contagiosa, una risa estrepitosa y ojos como chispitas mariposa satando en trampolines. Cualquier chico hubiese estado orgulloso de llamarse su chico, pero Valentina no parecía querer a cualquier chico, sino uno. Uno solo. Y uno al parecer criado por bestias salvajes.
No lo conozco personalmente, pero bastó que ella me contase algo que él hizo para comenzar a odiarlo. Sin embargo, mantuve mis labios cerrados cuales persianas, tanto ante los escasos momentos felices, como a los semanales momentos miserables de su vida. Ay Valentina, Valentina. En un año tuvo como seis infecciones y enfermedades. Su ánimo subía y bajaba como un yo-yó tiernamente perdido. Yo solo atinaba a abrazarla y decirle que todo estaría bien, que ella sabía la respuesta a sus prolíficas dudas, que solo tenía que tener los huevos para llevar a cabo su decisión.
Hace un año fuimos a un café, ella ordenó un café negro y yo un mocha blanco. Terminé con él de una vez por todas, me dijo. Y luego vi cómo se deslizaban lágrimas por su cara pálida. Es lo mejor, le dije, es lo mejor. No te merecía. Era un imbécil. Un huevón infantil. Haz sido valiente, Valentina. Te traía más malos momentos que buenos. Y le dije todas esas cosas que siempre se dicen y que lastimosamente casi siempre son ciertas. Sí, tienes razón, traté ¿sabes? Traté, pero ya no podía soportar tanto sufrimiento, tanta huevada… Por cierto, tu café es de nenitas. Reí con mi cara triste, si eso es posible, lleno de alivio por su decisión.
Luego de eso pensé que Valentina mejoraría, que recobraría las ganas de nuevo, que por fin no viviera bajo este chico que parecía apretar el botón de off dentro de ella y su energía de siempre. Pero me equivoqué. Las cosas estuvieron bien por un tiempo, luego mal, luego bien, luego mal. Hasta llegado el punto en que Valentina se contenía y no me contaba cómo se sentía para, según ella, no aburrirme ni molestarme con sus cosas, sus depresiones. Pero ello era imposible. Ella es Valentina, y es una persona especial a quien quiero mucho. A pesar de su neurosis y sus argumentos e ideas revueltas, en lugar de cansarme de lo que decía, comencé a darme cuenta del río debajo de todas sus palabras a primera vista ingenuas y casi obsesivas. Era un río prístino, nuevo, caudaloso. Con un gesto en su rostro inefable me preguntaba triste ¿por qué, por qué él se ha podido olvidar tan rápido de todo? ¿Por qué quiere ser mi amigo ahora? No logro entenderlo, Carlos, si él estuvo ahí, ahí conmigo, ¿por qué ahora tan indiferente, tan egoísta? Y Valentina lloraba sus lágrimas prístinas y yo solo podía abrazarla sin evitar preguntarme lo mismo. Qué dicen las enciclopedias de esto, qué podría responderle. Las jirafas tienen el cuello largo para poder alcanzar las hojas de los árboles, los pandas son así porque son pandas y los debes amar, y no, Valentina, no sé por qué mierda el amor se acaba. ¿Acaso no logra entender que yo lo sigo extrañando a pesar de todo?
De pronto el mundo se tornó injusto, triste, como cuando te das cuenta de que la humanidad está acabando con la Tierra. Me siento tan desperdiciada, me confesó. Como si hubiera vivido algo que realmente no existió. No tuve corazón para decirle que en efecto lo que apreció tanto, lo que significó tanto para ella y lo que la llenaba y hacía feliz ya no existía. Cómo podría contaminar el río dentro de ella. Cómo podría decirle que Santa Claus no existe. Que el amor se acaba. Solo se acaba. Porque sí.
-Valentina, escúchame. Somos amigos, yo te quiero, y quiero que seas feliz, sé que serás feliz. Pero escúchame. Tú rompiste y rompiste porque te hacía miserable. El ya no está enamorado de ti. Ya no te ama. Sentirá cariño por ti, pero nada más, ya te olvidó. Ha olvidado todo lo que tuvieron. El ya lo superó y tú tienes que hacer lo mismo.
Valentina comenzó a reír entre lágrimas.
- Pero Carlos, ¿es que no entiendes? El amor es lo que tú crees que es. Es un sentimiento que solo tú puedes sentir, y tiene las cualidades que tú le atribuyas, los adjetivos que tú le pongas. El amor eres tú.
- ¿Cómo es eso?
- Mi amor es más fuerte, por eso me duele tanto y sigo así después de tanto tiempo. Su amor es diferente, está endulzado con Splenda, no le gusta echarse en el pasto ni ver fuegos artificiales, y tampoco le gusta tocar timbres y correr. Pero, ¿sabes? eso me pone feliz, porque no quisiera sentir otra clase de amor. Solo el que decido dar. Mi amor. El amor de Valentina.
La abracé lo más fuerte que pude y sentí como si abrazara a una niñita y a un monje budista al mismo tiempo.
El amor de Valentina es como Valentina. Tan épico como eterno, tan ingenuo como melodramático. Y espero con todo mi ser que encuentre a alguien con un amor como el suyo antes de que crezca, para que así, al ver a Valentina a los ojos, pueda seguir viendo detrás de sus pupilas a esa niñita de cinco años saltando sobre la cama de sus papás luego de haberse tomado dos vasos llenos de prístina agua.
Mi panzaaa, se mueeeveee. Ahhhh… ¡Soy el mar! ¡Soy el mar entero!