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Este es un buen día para un feriado.

- Tengo tanto amor dentro de mí que es ridículo.

Hablaba sin mirarme. Relamiendo de pasada sus palabras que iban y venían en una cuchara de oro de su boca a la mía. Un sabor puro. Las saboreaba una a una. Rebeca.

- Tengo tanto amor dentro de mí… que es ridículo. No me malentiendas. Soy una persona razonablemente inteligente, ni  brillante ni estúpida, sé cuándo me equivoco, lucho contra eso, aprendo, lento, pero aprendo, cambio, trato de mejorar. Soy ahora una mejor persona de la que conversaba contigo hace dos años. Pero mírame. Mírame, Luis.

Un paréntesis entre la fuente multicolor que son sus palabras: sus ojos. Como si se observaran a sí mismos inmóviles. Los ojos cálidos de Rebeca. Perfectos y dulces como una almendra.

- Mírame. Sí, sí, soy… Solo algunos me despiertan todo esto, pero igual, estoy condenada, ¿no me ves? Siempre seré así.

El mozo nos interrumpió dejando nuestros cuartos vasos de Pisco Sour. Las almendras de Rebeca giraron de nuevo al vacío. Era el día del Pisco Sour, y yo me sentía tan peruano como un limón ácido. De esos que solo se encuentran en este país de mierda. Estaba ebrio, el perfil de Rebeca me hipnotizaba, lo delineaba con la mirada. Unas montañas, un paisaje ondulante e impredecible, y yo, obviamente idiota o idiotamente obvio, traté de acercarme a ella botando en el proceso mi vaso. El trago humedeció mis pantalones. Rebeca saltó y se encontró con mis ojos avergonzados.

- Puedo mejorar, ser una mejor persona, Luis, pero dime de qué me sirve si siempre voy a tener tanto amor dentro de mí, que me hace tan ridícula. No soy cursi, no soy estúpida. Simplemente, tengo tanto amor dentro de mí que soy ridícula. Ridícula…

Observé su rostro a través de todo el Pisco que había tomado toda esa noche. Transparente y punzo cortante, como un pedazo de vidrio en la garganta, que contrastaba con el espectáculo privado que tenía en frente de mí.  Su expresión perdida, su inocencia, su testaruda inocencia que casi merecía un premio, tan solo una estrellita dorada en la frente como se premia a los niños. Lo absurdo y milagroso de su existencia en este basural que las gaviotas confunden con comida.

Sí, le dije, te ves bastante ridícula, Rebeca.

Los themes no se pueden modificar con facilidad.

Un theme tiene algo bueno pero no lo del otro, y no sé cómo diablos cambiarlos.

Y si se pueden modificar, no sé cómo modificar el código para no estar cambiando el tipo de font o el tamaño y etc. cada vez que publico algo.

Hay un montón de themes pero, en serio, deberían ser más fáciles de personalizar. Si uno tiene un fondo bonito, tiene una letra de shit o no aparecen los tags al lado grrrr.

Si blogspot no fuera tan blogspot, usaría blogspot.

Pd: y qué ondas que puse WordPress sin la P mayúscula y se cambia automáticamente. Esto es autoritarismo.

Anita se olía el cabello, las axilas, las manos. Hacía un sonido pequeño con su nariz pequeña, como si fuera un gatito oliéndose a sí mismo. Me daba risa.

- Huelo a cosos de mentira.

- ¿Productos?

-  Huelo a productos. No quiero.

- ¿Acaso quieres oler a monito?

- Quiero oler a ser humano.

- Eres un monito.

- No.

- ¡Monito! ¿A qué prefieres oler? ¿A flores o a mono?

- Quiero oler a helados.

- ¿Te gustan los helados?

- Sí, porque son ricos y dulces y me gustan.

- Entonces si hueles a helados, te comerías a ti misma, y serías auto-caníbal, y tendríamos que ponerte un bozal y llevarte al Africa subsahariana o algo por el estilo, ¿eso quieres? ¿Eso quieres, Anita?

Anita se puso a sollozar y me sentí la peor tía de todo el país y toda el Africa subsahariana. La abracé y le dije que no tema, que no se iba a comer a sí misma a pesar de que sus dedos parecían gomitas de azúcar. Estás segura, me preguntó con una cara de sospecha de cinco años de edad. Claro que estoy segura, segurísima, le respondí haciendo que me comía sus deditos medio sudados, mientras ella se reía como loca.

- Las palomas comen la basura… ¿Te das cuenta? Estas aves… Estos seres que vuelan están comiendo nuestras porquerías.

Daniel se puso a llorar. Estaba ebrio, de rodillas bajo el más mediocre de los mediocres postes de luz de Lima. Habíamos estado tomando en un bar cerca; lo tuve que, casi literalmente, arrastrar hasta la puerta de su edificio. Ignoro el porqué, pero me sentí como Ismael huyendo de Moby Dick. Atravesando cansado y a nado pistas mugrosas y parchadas sumergidas en la madrugada, con ese velo brillante que da el amago de lluvia que cae sobre la ciudad. Llovizna o garúa. No sé. Me quedé recostado en el poste con las manos en los bolsillos esperando a que lo bote todo. No era mi mejor amigo, pero tampoco quería que se mate.

Gateando, Daniel se acercaba a las palomas que husmeaban la basura. Las espantaba con su llanto, y esas ratas con alas percudidas salían volando huyendo de él, lo cual alimentaba más la tristeza, lo patético de Daniel. Daniel.

El aire se tornó rojo a mis ojos, una sirena de ambulancia se escuchaba a lo lejos. Encendí un cigarrillo. ¿Será por Gabriela? Ha pasado ya un huevo de tiempo. No puede ser eso, aparte Daniel con su cara de cojudo y todo puede levantarse a quien quiera. Debe ser algo más pendejo. Algo personal. Su familia quizás.

- Pero, míralas, míralas Mauricio. ¡Solo míralas! Sobreviven de la mugre… por qué, por qué no comen bien, por qué no están en donde hay árboles, y… y aire limpio.

Entre sollozos y aún de rodillas, buscaba en los bolsillos primero de su casaca, luego de sus pantalones. Mierda, gritó. Solo encontró algunos boletos de micro sucios y doblados que dejó caer al suelo. Por fin, se tranquilizó. Con ardor en los ojos lo vi inmóvil y callado de pronto, observando cómo una paloma se acercaba a explorar con su pico esos boletos tirados para engullirlos ávidamente luego.

Es su fin, pensé. Daniel no rompió en llanto, ni siquiera se inmutó. Comenzó a dar espasmos, su cuerpo se dobló como un lápiz roto. Con ambas manos en el piso húmedo comenzó a vomitar. Una y otra y otra vez. Una y otra y otra arcada. Como si fuera un animal o un homúnculo irreconocible. De no haber sentido el humo en mis pulmones, creo que yo mismo me hubiera puesto a vomitar con él, la reacción más humana y visceral ante el hecho de ser humano y visceral. De ser Daniel.

Cayó a un lado, boca arriba. Izquierda o derecha. Con lágrimas en sus ojos exhaustos su cabeza tuvo que voltear hacia la derecha, justo para que pueda ver en primer plano cómo las palomas corrían hacia su vómito amarillento y apestoso, y lo tragaban hambrientas.

¿Qué puedo hacer yo? Me quedaré observando recostado en el poste hasta que se termine este cigarrillo barato. Su cuerpo está tirado como un bache, ya parte de la pista, de las palomas y del amanecer deshauciado. Daniel no es mi mejor amigo, pero tampoco quiero que se mate. Con suerte el alcohol hará que no recuerde nada de este adorable cuadro, que no distinga nada, como una mancha en un cetáceo. El medio del medio del medio inmenso. Esperaré a que se quede dormido o al menos inconsciente para tratar de subirlo a su apartamento. Por más ruidosas que sean, ninguna alarma podrá despertarlo ni hacerlo parpadear siquiera. Está en un lugar peor que el fondo… Y lo más patético de todo esto, creo, es que no es el final, sino el principio. Acabo de ver a Gabriela mirándome desde su ventana.

Qué mierda hace ahí, no lo sé. Y, francamente, tampoco quiero saberlo.

Arrullada por el sonido del tráfico que solo conocen los que salen de trabajar a las ocho de la noche, me deslizaba lentamente hacia abajo del sillón, cuidando que mi capuccino no se derramara, levantándolo, como preocupada por salvarlo a él del inminente ahogamiento que siento cada vez que termino de leer un libro.

Señorita, por favor, está en un café público, ¡compórtese!

Me incorporé en un latido. Desgraciado, casi me quemo, grité. ¿Cómo estás?, rió Fede sentándose en el sillón de al lado. Bien, bien, todo bien, acabo de terminar de leer este libro. A verlo, me preguntó. Se lo alcancé, estaba preparada para comentárselo y hablar de tópicos profundos, trascendentales como la verdadera autonomía que tenemos sobre nuestras vidas, el hecho de que la felicidad más completa recae y depende de otras personas sobre las que no poseemos ninguna de esta autonomía tan del new age. Y bueno, interesante, oye, va a venir un amigo extranjero, del que te conté. Pero déjame comentarte el libro, condenado australopithecus. No, que va a venir y no conozco a mucha gente, solo a ti y a algunos más. ¡Gracias!, lo miré con mi cara de maldad, que en verdad, es una cara que da mucha risa. Verdad que no me dijiste de dónde era, le increpé. Te caerá bien. Fede se guardaba muchas cosas para sí mismo. A pesar de ser mi mejor amigo, era raro que contara así como así sus cosas. Y eso me gustaba, me hacía sentir especial el hecho de que lo poco que compartía, lo hiciera conmigo.

Cómo sabes que me caerá bien si son amigos “pen pal” desde el colegio pero nunca se han visto, en serio qué nervios, aparte que eso de mandarte cartas con un hombre es re gay, lo fastidié. Fede se rió y puso su cara de Fede, la cual es tan inefable como cómica. Cuando las publiquen en recopilaciones cuando seamos famosos, ya te quiero ver, ya te quiero ver tragándote tus palabritas.

Una camarera que no sé pór qué parecía un hombre, un hombre marinero,  se acercó. ¿Qué le puedo servir? Un mocha para la nena, dije yo mirando a Fede. Sí, por favor, un mocha para mí, soy una nena. La camarera marinero ni se inmutó y fue por la orden.

¿Es guapo?, le pregunté automáticamente sin pensar y me sorprendí yo misma de mi pregunta, ya que si hay algo que me conmueve es la ternura y no la belleza. ¿Guapo?,  pues claro que sí, me respondió Fede, tan guapo como un boliviano puede serlo. Ante mi mirada de sorpresa mezclada con, tengo que decirlo, algo de decepción (porque si hay un juego en el que todos perderían sería “Adivina de qué país es, de Perú o Bolivia”), se rió a carcajadas en mi cara. Maldita racista, es de Suiza, el país de los zapatos suecos, las navajas suizas, los quesos suizos, y, pues no sé, alguna que otra banda de pop ñoño seguro. Guácala, dije con una mueca. Sí, guácala. Seguro debe tener ojos azules enormes y el cabello rubio. Y no olvides la cara angelical y sonrosada que se pone roja con el sol. Sí, qué asco. Fede me miró a los ojos, algo preocupado, como pocas poquísimas veces lo he visto.

Ay, qué lindo cómo se preocupa de que me enamore de él, no soy tan superficial, señalé, aparte ya te he dicho que los ojos verdes me dan cosita. No, balbuceó pensativo y sonriente, no me preocupo por ti, me preocupo por él… ¿Por qué? Solo dile que no se suba a combis y que no saque su cámara mucho. Miró hacia el suelo. Me preocupa que él se enamore de ti. Fede es mi mejor amigo y me quiere; verme a través de sus ojos es un ejercicio que necesito para no caer en la más autocompasiva autoindulgencia, pero a veces exagera. Cómo crees eso, me reí, gracias, pero realmente lo dudo. Bien, se aclaró la garganta Fede, porque mi amigo me acaba de mandar un mensaje, ya está en camino.

¿En camino adónde? ¿A Perú?

No, que ya llega, está a unas cuadras.

Iba caminando por la universidad cargando unos libros, cuando me encontré con un amigo. Lo saludé a él y a su compañero de clase. Me dio mucha risa, porque vi al otro chico, él me miró, y en lugar de decirme hola o algo, me dijo y lo cito:

“Vas a ser una buena mamá.”

“¿Perdón?”

“Por la manera en que cargas tus libros, como si fuera un bebé.”

Me di cuenta que los abrazaba con ambos brazos contra mi pecho. Un libro de Charles Taylor, un libro de David Landes, una novela de Stendhal y unos libros viejos con cuentos de Oscar Wilde.

Miré hacia el suelo y solo supe hacer lo que mejor hago: me reí bajito.

Testing…
Testing…

Alguien lee esto?
Ahora las únicas veces que entro a este blog son para aprobar comentarios que le hacen a mi entrada sobre Sánchez Cerro que seguro encontraron por Google… hihihihi

Ummm bueno, aprovecharé para dejar un cosito bonito a aquellos que se molesten en poner Home al blog.

El hijo de inmigrantes se encontraba en un estado, por decir lo menos, deplorable. Sin contacto humano por más de cuatro meses, con urzuelo en el ojo derecho y con unas ganas alienígenas de probar comida de su pueblo, Roberto decidió ponerle fin a este su destierro espiritual de la única manera en que podía hacerlo: filmando su propia película, con él de protagonista, encarnando la una historia de un hijo de inmigrantes que se encontraba en un estado, por decir lo más, deplorable. Sin haber tocado a nadie ni haber establecido relaciones interpersonales durante más de cuatro años, con una adicción al valium y a las chaliñas delgadas y largas, Elías decide poner fin a su lamentable situación de la única manera en que podría hacerlo: embriagar hasta la falange de su pie izquierdo, tambalearse por la vereda frente a la casa de su ex novia y cantarle con una muy mala entonación la canción que él mismo ha ido perfeccionando durante cuatro meses, perdón, cuatro años, porque… sin drama, Helena, sin drama ni exageración, la vida que vivimos solo serían comerciales de televisión. Necesitamos el meteorito del 2012, necesito el ébola y el ántrax, necesito los agujeros negros, necesito la muerte, para poder hacer crecer estos alicaídos huevos y poder cantarte afuera de tu ventana de una vez por todas, la última vez de todas, el amor que has dejado sin cosechar en mí.

Actualmente Roberto se encuentra iniciando la escritura de este su guión original. A veces lo veo por su ventana, solo y abrigado. Le intento hacer el habla pero es inútil, así que le propuse corregir tus textos después del colegio. No tengo nada que hacer y me parece un buen tipo. Por supuesto, no he leído nada de su guión aún y no sé su nombre real. Espero conocerlo dentro de poco.

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